Entrevistas

Entrevista con Silvia Ribeiro sobre el poder de las empresas transnacionales del sector alimentario

Cuestionar el poder de las empresas transnacionales en nuestras vidas es cuestionar la producción y reproducción de muchos ámbitos de nuestra sociedad. Cómo vivimos, vestimos, nos relacionamos, trabajamos, comprendemos la política, todo eso tiene implicaciones del poder corporativo, que precariza y explota nuestras vidas. Cómo y qué comemos también.

El nuevo episodio del podcast Furia Feminista trata de la industria de la alimentación, sus impactos en la vida de las personas rurales y urbanas, bien como las luchas para frenarla e impulsar, en su lugar, la soberanía alimentaria, la agroecología y la justicia ambiental. El tema se inscribe en la agenda de luchas de la Marcha Mundial de las Mujeres, que convoca internacionalmente al Día de Solidaridad Feminista Internacional Contra las Empresas Transnacionales, el 24 de abril. Furia Feminista es un programa de radio bilingue impulsado por Radio Mundo Real y la Marcha Mundial de las Mujeres de Brasil.

Reproducimos la entrevista concedida por Silvia Ribeiro al podcast. Silvia Ribeiro vive en México, es una investigadora y activista ambiental uruguaya, integrante del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (Grupo ETC). El Grupo ETC se dedica, entre otras cosas, a la investigación de la configuración corporativa y el impacto de las nuevas tecnologías en la agricultura y en la alimentación.

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Para comenzar a desentrañar el vínculo entre la alimentación y las empresas transnacionales, queríamos comenzar preguntándote cuáles son las principales empresas transnacionales del sector alimentario en la actualidad y qué tienen en común.

Lo que tienen en común las principales empresas dentro del sector agroalimentario es que son empresas gigantes, y que realmente muy pocas empresas controlan cada uno de los pasos de toda la cadena agrícola de distribución hasta llegar a lo que comemos cuando es un producto industrializado. Hay algunas de esas empresas de las que hemos oído mucho, como Monsanto (que ahora es de Bayer) y Syngenta, que son las del principio de la cadena. En la otra punta de la cadena está Walmart, un supermercado que es, en este momento, la empresa más grande del mundo. Entre Monsanto y Walmart, hay una cadena en dónde cada eslabón, desde los insumos agrícolas, las semillas, los agrotóxicos que usan, luego la distribución, en cada uno de estos hay unas cuatro o cinco empresas.

Monsanto/Bayer son las del «inicio», y después las que siguen a eso son las distribuidoras de cereales, que en América Latina tienen un enorme peso, como Cargill y Bunge. Las que siguen a eso son las procesadoras de alimentos, entre las cuales las más grandes del mundo son Nestlé, Danone, Pepsi, Coca-Cola, y son las que acaparan agua. Después de estas, vienen los supermercados, en dónde por muy lejos está Walmart, pero hay otras, como Carrefour, Tesco, etc. Lo más grave es que en cada uno de esos pasos hay más o menos entre cuatro y diez empresas que controlan más de la mitad del mercado. En algunos sectores ya está más centralizado, como en el sector de semillas y de agrotóxicos, que, entre poquitas empresas, controlan el 80 % del mercado global. Lo tremendo de la presencia de las transnacionales en el sector agrícola y alimentario es que ese no es un rubro industrial cualquiera. Nadie puede vivir sin comer.

Paradójicamente, la mayor parte de la humanidad no se alimenta por las cadenas industriales, se alimenta por lo que consigue a través de pequeños productores y productoras de comida, campesinas y campesinos, pastores, pescadores artesanales, huertas urbanas. Eso es lo que le da de comer a la mayoría.

La presencia de las empresas transnacionales en el sector agroalimentario hace que se hayan apropiado de una cantidad inmensa de recursos de tierra, agua y energía. En realidad, en la mayoría de los casos, no producen comida, lo que más producen son commodities, o sea, mercancías para industrializar. Es gravísimo porque es uno de los sectores clave de la sobrevivencia para cualquiera en todo el planeta, y las empresas que lo controlan no están para nada interesadas en alimentar, están interesadas en ganar más dinero.

 

¿Entonces qué podríamos decir ante el argumento que escuchamos reiteradas veces sobre el papel que juegan estas empresas transnacionales vinculadas a la alimentación en el aumento del hambre?

En el tema del hambre, tenemos la pandemia, que es un ejemplo, y la reciente guerra en Ucrania. No habría porqué pasar hambre, pero lo que hacen las empresas es aprovechar cualquier situación de conflicto para especular con la escasez. En todo el mundo, el trigo y el maíz han subido el precio en 20 a 30 %, en algunos lugares a 40 %. Pero, en realidad, lo que Rusia y Ucrania aportan del trigo y del maíz del mundo es aproximadamente un 5 % del consumo. Ni siquiera se ha terminado lo que está en la cosecha. Pero esas empresas controlan porque tienen la mayoría en cada sector.

En la medida que haya una situación de restricción, sea por la pandemia o por un conflicto bélico, lo que hacen es especular y aumentar los precios en forma exponencial. Eso por un lado afecta a la gente que tiene que comprar la comida; pero por otro lado, como la agricultura industrial es propietaria de más del 75 % de la tierra agrícola a nivel global, las campesinas y campesinos, que quieren producir para que la comida sea sana y llegue a la gente, no tienen con qué hacerlo.

Todo el tiempo existe esa relación entre la especulación que hacen las empresas en el mercado y el poder que tienen sobre los territorios, ya sea la tierra, el agua, la energía.

 

Vinculado a esto, de que las empresas transnacionales están en toda la cadena, desde el campo hasta el plato, queríamos saber específicamente cómo se comportan estas empresas en el agronegocio.

En los primeros puntos de la cadena, que son las semillas, los agroquímicos y agrotóxicos, la concentración corporativa es enorme. Cuatro empresas (Bayer/Monsanto, Syngenta, que ahora es china, Corteva, que es la fusión de Dupont y Dow, y Basf) tienen más del 60 % del mercado mundial de agrotóxicos y de semillas de todo tipo. Ellas controlan todas las semillas transgénicas, que son producidas por las empresas para aumentar la dependencia con los agrotóxicos.

La mayor parte de las semillas transgénicas son tolerantes a herbicidas tóxicos de una misma compañía o originalmente producidos por ella. Ellos han aumentado la producción de semillas transgénicas aunque tienen menor rendimiento que las híbridas, aunque han conllevado un enorme aumento de productos tóxicos.

 

¿Cómo se insertan las empresas transnacionales de supermercados o de grandes superficies? ¿Qué rol desempeñan hasta llegar a las consumidoras y consumidores finales?

Durante mucho tiempo, lo que ha pasado es que la mayor parte de la comida, sobre todo la comida fresca, se compraba cerca de donde se producía. Ha habido todo un empuje para controlar los mercados de ventas de alimentos y centralizarlos a través de las grandes superficies, de los supermercados. Para empezar, han tratado de eliminar a todos los pequeños lugares de comercio de alimentos en lugares urbanizados a través de la competencia desleal.

Al ir desapareciendo los pequeños comerciantes de alimentos lo que queda es solamente el supermercado que, una vez que tiene un relativo monopolio o incluso una división de áreas con otros supermercados igualmente grandes, puede controlar el precio y también la oferta. Walmart y Carrefour han dividido los países y áreas donde están, pero todo sobre la base de eliminar, por un lado, a pequeños comerciantes, y por otro lado, tratar de eliminar que la gente podamos elegir qué alimentos queremos consumir.

Todo el tiempo hay una manipulación hasta producir una cierta dependencia, a partir de la cual están en control. Este es el papel de las grandes superficies: eliminar cada vez más la producción localizada o el comercio pequeño localizado. De esa manera, aumenta la cantidad de transportes, de energía para refrigeración, de empaques.

Hace un tiempo, los supermercados comenzaron también a hacer acuerdos con productores más chicos, a los que imponen condiciones de calidad y entrega que, en muchos casos, son imposibles de abarcar. Las grandes superficies son espacios en donde realmente las únicas que pueden llegar cómodamente son las grandes empresas y las trasnacionales.

 

Ahora, además, hemos descubierto que hay otro tipo de empresa transnacional también inmersas, manejando y controlando la alimentación: las transnacionales de la tecnología. ¿Cómo llegan a nuestra alimentación y qué rol tienen?

Eso es algo que ya había empezado antes de la pandemia, pero la pandemia ha levantado mucho el nivel de participación de las empresas digitales, tanto en el sector agrícola como en la cadena de distribución. Es el último gran sector industrial al que llega la digitalización.

Se va a una mayor automatización en el negocio agrícola. Se usan desde el dron hasta tractores automatizados. También en cada uno de los puntos de la cadena de distribución, todo se presenta a través de plataformas en línea. Con la pandemia, lo que sucede es que hay todo un discurso desde los agronegocios y las empresas alimentarias de que las compras en línea son más seguras.

Las empresas digitales empiezan a entrar, a través de supuestos servicios, dentro de la alimentación o de la agricultura. Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft, Alibaba y Tencent. Estas siete empresas son las más grandes del mundo en este momento en capitalización de mercado. Por otro lado, dos de ellas, Apple y Amazon, también ya están entre las más grandes del mundo en ventas. Las empresas tienen una cantidad enorme de dinero disponible, y una de las inversiones que hacen es justamente en este sector tan clave, el agrícola y alimentario.

Además, pasan a tener muchísimo más control sobre las conductas que tenemos todos y todas con respecto a la alimentación. Toda la industria digital en ese momento tiene su punto neurálgico en lo que llamamos extractivismo de datos, tienen información sobre las formas de producir, el territorio, las fuentes de agua, la tierra, pero también datos sobre cómo se mueven las mercancías, a dónde van, quienes requieren, a dónde se entra, hasta quien llega finalmente la comida y cómo llega a los hogares.

El principal valor de estos datos es colectivo: poder ver las grandes tendencias colectivas, y poder, además, a través de formas individuales –como del manejo de la cruza de datos de salud, de trabajo, de aficiones, gustos– hacer mercados personalizados.

La mayor cantidad de dinero de esas empresas son hechas con este tipo de dato, vendiendo para mercadeo, para marketing. El tema de la alimentación es aún más clave, porque las conductas alimentarias no solamente tienen un valor económico, también tienen una relación y un valor con respecto a la salud. Toda esta industria de la persuasión y de mercadeo personalizado y por grupo es una de las mayores en este momento a nivel de las empresas tecnológicas.

Realmente es un control muy peligroso desde los territorios y los recursos hasta los movimientos que tenemos, las relaciones que establecemos, la comida que nos alimenta y lo que eso significa en términos de salud.

 

La tecnificación en el campo, luego la venta online en las plataformas, todo esto es parte de un gran paraguas que se llama «agricultura 4.0», que los movimientos sociales y populares han denunciado que es una falsa solución. ¿Qué significa esto?

Quieren presentar a la agricultura 4.0 como si eso fuera ahorrar energía o bajar el cambio climático, o que va haber menos transportes, o que la gente va a tener mayor posibilidad de elección, cuando es todo lo contrario. Lo que hay es cada vez más una alienación, o sea, una separación entre cada persona y cómo se produce, dónde se produce lo que se produce.

No es solamente que sea una falsa solución, sino que es algo realmente nocivo. La agricultura digitalizada implica una enorme cantidad de energía que es, en muchos casos, invisible. La infraestructura, es decir, el uso de los programas de inteligencia artificial para manejar la cantidad masiva de datos es una de las principales consumidoras de energía en el mundo.

La separación entre productoras y consumidores hace que cada vez haya menos gente en el campo, sea por la automatización o por el desplazamiento producido por el mercado. Este tipo de cosa crea más problemas de cambio climático y, por la invasión de los territorios, crea más hambre. Y, definitivamente, es mayor la distancia entre los que estamos en la ciudad y la producción, aunque haya una ilusión, con el virtual, de que se podría saber de dónde viene todo.

No se conecta cómo nos podríamos solidarizar para tener mejor comida y un trabajo mucho más justo y digno, que provea tanto salud como trabajo y biodiversidad.

 

Los movimientos sociales y populares destacan, defienden y llevan a cabo otros vínculos con la alimentación, otras maneras de producir. ¿Podés contarnos algunos?

Nuestro trabajo de investigación sobre quién produce la alimentación tiene más de 20 años. También hemos colaborado con muchas otras organizaciones, como GRAIN y Amigos de la Tierra. Tenemos datos concretos fehacientes, en cuanto a que el 70 % de la alimentación de la población mundial la producen productoras y los productores de pequeña escala, los sistemas pastoriles, la pesca artesanal y las huertas urbanas – eso con menos del 25 % de la tierra y del agua y mucho menos del 10 % de la energía que se usa en agricultura [en larga escala].

Tal como plantean los movimientos sociales, si se hicieran una reforma agraria en dónde se pudiera acceder a mayores tierras, con respaldo, con mayores recursos, eso significaría que se podría producir no solamente para toda la población sino que sobre todo con una calidad de alimento completamente diferente.

Justamente son las agriculturas locales, campesinas e indígenas las que en situaciones de crisis, como la de la pandemia, han podido incluso compartir, hasta gratuitamente, en forma solidaria, su producción en el campo para otra gente que no la tenía. No quiero dar una visión romántica, todos hemos pasado una situación difícil durante la pandemia, pero son estas experiencias, por ejemplo desde los campamentos del MST [Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra] en Brasil o los territorios indígenas en Colombia y Ecuador, quienes han creado relaciones solidarias en situaciones de crisis y han permitido que la gente sobreviviera.

Una de las causas principales de los impactos de la pandemia ha sido las comorbilidades, la gran cantidad de enfermedades que están relacionadas al sistema agroalimentario animal industrial. Es imperativo construir sobre la base de estas comunidades y movimientos otras formas de producción sin agrotóxicos, basadas en agricultura campesina y ecológica, y formas de relacionarnos tanto en la tierra como entre el campo y la ciudad.

Esto que estamos hablando tiene que ver con rescatar todo el sector de la salud, los cuidados, la alimentación que desde la Edad Media, como plantea Silvia Federici, se ha hecho un esfuerzo por invisibilizar y asociar natural y biológicamente a las mujeres. Con este mismo impulso de crear fuentes de alimentación para romper con la dominación de las transnacionales, hay también que recuperar y rehacer el concepto de cuidado, de alimentación y toda la esfera doméstica y de salud en manos colectivas. Que podamos ponernos de acuerdo y que no estén asociadas biológicamente a las mujeres, no sean invisibilizadas y objeto de dominio.

 

 

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